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Lo que la historia de Marc Cucurella puede visibilizar sobre el autismo infantil

La historia de Marc Cucurella y su familia ha puesto el autismo infantil en una conversación en la que normalmente cuesta entrar. El futbolista y su pareja, Claudia Rodríguez, han contado públicamente cómo fue el proceso hasta el diagnóstico de su hijo mayor, Mateo, y cómo empezaron a percibir que su desarrollo era diferente al de otros niños. Las primeras señales aparecieron cuando tenía alrededor de 13 meses, cuando todavía era difícil para ellos saber si se trataba simplemente de diferencias en el ritmo de desarrollo o de algo que requería una valoración específica.

Entre las cosas que llamaron su atención estaban la falta de contacto visual, que no hablaba y que parecía prestar poca atención a lo que ocurría a su alrededor. La propia Claudia ha explicado que, al ser su primer hijo, al principio no sabía interpretar esas señales y que tampoco las asociaba con el autismo que ella tenía en mente. Ese detalle resulta especialmente interesante: muchas familias no reconocen inmediatamente las primeras señales porque el desarrollo infantil no sigue un patrón idéntico en todos los niños y porque algunas características pueden pasar desapercibidas durante los primeros años.

Cucurella también ha hablado de la parte más emocional del proceso y de la dificultad que supone para unos padres enfrentarse a un diagnóstico que no saben muy bien cómo interpretar ni qué implicaciones tendrá para el futuro. Sus declaraciones no ofrecen una fórmula para afrontar el autismo —cada niño y cada familia tienen necesidades diferentes—, pero sí han contribuido a poner sobre la mesa una realidad que muchas familias conocen de primera mano: las dudas suelen aparecer mucho antes que las respuestas.

Y quizá esa sea una de las principales cuestiones que puede extraerse de su experiencia. Más allá de que una determinada conducta sea o no una señal de autismo, lo importante es observar el desarrollo del niño, prestar atención cuando existen diferencias persistentes y consultar con profesionales cuando algo preocupa. Un testimonio público como el de la familia Cucurella puede ayudar precisamente a normalizar esa búsqueda de respuestas y a recordar que pedir una valoración no significa adelantar un diagnóstico, sino intentar entender mejor las necesidades de cada niño.

¿Qué es el trastorno del espectro autista?

 

El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición relacionada con el desarrollo del cerebro que puede influir en la manera en que una persona se comunica, se relaciona con los demás, aprende y responde a determinados estímulos. No existe una única forma de ser autista, y precisamente por eso se habla de un «espectro»: las características y necesidades de apoyo pueden ser muy diferentes de una persona a otra.

La Organización Mundial de la Salud estima que en 2021 había aproximadamente una persona con autismo por cada 127 en el mundo. Las cifras que conocemos han aumentado en las últimas décadas, aunque este incremento no puede interpretarse simplemente como que ahora haya muchos más casos. La mayor concienciación sobre el autismo, la evolución de los criterios diagnósticos y una mayor capacidad para identificarlo en personas que antes podían pasar desapercibidas han contribuido a que se detecten más casos.

Tampoco existe una única causa del autismo. La evidencia científica apunta a una combinación de factores genéticos y ambientales relacionados con el desarrollo temprano del cerebro, aunque todavía no se conoce con exactitud cómo interactúan entre sí. Lo que sí está claro es que el autismo no se debe a las vacunas ni a la forma en que los padres educan a sus hijos, dos ideas que han sido estudiadas y descartadas por la evidencia científica.

En la infancia, el TEA puede manifestarse de maneras muy distintas. Algunos niños presentan desde muy pequeños diferencias claras en la comunicación o en la interacción social, mientras que en otros las características son más sutiles y pueden hacerse evidentes cuando aumentan las exigencias sociales y comunicativas. Por eso no existe una edad ni una señal concreta que permita identificar por sí sola el autismo: la valoración tiene que hacerse teniendo en cuenta el desarrollo global de cada niño.

Por qué el testimonio de una figura pública puede marcar la diferencia

 

Cuando una persona tan conocida como Marc Cucurella habla públicamente de la experiencia de criar a un hijo con autismo, el efecto va más allá de su propia historia familiar. Para muchas familias que están pasando por algo parecido, escuchar a alguien contar sus dudas, sus dificultades y también los pequeños aprendizajes del día a día puede resultar reconfortante. No porque la experiencia de una familia sea extrapolable a todas las demás, sino porque ayuda a poner en palabras situaciones que a menudo se viven en privado.

Además, este tipo de testimonios permiten mostrar el autismo desde un lugar mucho más cotidiano. Cucurella ha contado, por ejemplo, que su hijo puede sentirse especialmente afectado por el ruido y las aglomeraciones, y ha hablado de la importancia de encontrar un entorno escolar que se adapte a sus necesidades. También ha compartido detalles tan personales como haberse dejado crecer el pelo porque a Mateo le resulta más fácil reconocerle de esa manera.

Son pequeños detalles, pero ayudan a entender algo que a veces se pierde cuando se habla del autismo únicamente desde las cifras o las definiciones médicas: cada familia acaba encontrando sus propias formas de comunicarse, organizarse y adaptarse a las necesidades de su hijo. La experiencia de Cucurella no sirve para explicar cómo es el autismo en general, pero sí para mostrar que detrás de un diagnóstico hay una vida familiar concreta, con sus dudas, sus rutinas y sus propias maneras de hacer las cosas.

Y ahí está buena parte del valor de que personas conocidas hablen de estos temas. No tienen por qué convertirse en referentes médicos ni ofrecer respuestas para todo; simplemente, al contar su experiencia con naturalidad, pueden contribuir a que el autismo deje de verse como una realidad lejana o excepcional y pase a formar parte de una conversación mucho más normal.

Cómo se detecta el autismo en la infancia

 

Las primeras señales de alerta del autismo suelen aparecer, como ocurrió en el caso de Mateo, durante los primeros años de vida, aunque el momento del diagnóstico definitivo puede variar bastante según cada caso. El Ministerio de Sanidad, a través de su Guía de Práctica Clínica para la Atención del Trastorno del Espectro Autista en la Infancia, recomienda que el seguimiento del desarrollo infantil se incorpore de forma sistemática a las revisiones habituales de pediatría, precisamente porque una detección precoz permite iniciar antes las intervenciones que más benefician al desarrollo del niño.

Algunas señales que, sin ser diagnósticas por sí solas, pueden justificar una consulta especializada:

  • Ausencia o escasez de contacto visual sostenido.
  • Retraso notable en la aparición del lenguaje o el balbuceo.
  • Poco interés en compartir atención o intereses con otras personas (por ejemplo, no señalar objetos para mostrárselos a un adulto).
  • Comportamientos repetitivos o intereses muy restringidos y focalizados en pocos temas.
  • Reacciones intensas ante determinados estímulos sensoriales, como ruidos, texturas o luces.
  • Dificultades para adaptarse a cambios en la rutina habitual.

Ante cualquiera de estas señales, la recomendación general de los profesionales es acudir a un pediatra o especialista en desarrollo infantil, sin adelantar conclusiones por cuenta propia ni caer tampoco en la alarma inmediata: muchas de estas conductas, de forma aislada, pueden tener explicaciones distintas al autismo, y solo una evaluación especializada permite establecer un diagnóstico fiable.

El diagnóstico no debería ser el final del camino, sino el principio

 

Recibir un diagnóstico de autismo puede responder a muchas de las preguntas que una familia se ha ido haciendo durante meses, pero también abre otras nuevas: qué apoyos necesita el niño, cómo acompañarle en su desarrollo, qué dificultades pueden aparecer en el día a día y cómo adaptar su entorno. Por eso, los profesionales de Clínica Nea, explican que el desarrollo infantil no puede analizarse de manera aislada ni reducirse a un diagnóstico concreto. Su planteamiento parte de una visión global del niño, teniendo en cuenta tanto sus características individuales como el entorno en el que crece y las circunstancias que pueden influir en su bienestar y evolución.

En el caso del autismo, esta perspectiva resulta especialmente importante porque las necesidades no son iguales para todos los niños. El entorno escolar, la forma de comunicarse con ellos, los estímulos que reciben, los cambios en las rutinas o incluso determinadas situaciones cotidianas pueden influir mucho en cómo se sienten y se desenvuelven. La experiencia que han contado públicamente Cucurella y Claudia Rodríguez con su hijo también muestra esa dimensión cotidiana del autismo: no todo se resuelve con un diagnóstico, sino que después hay que ir descubriendo qué funciona mejor para ese niño concreto.

De ahí la importancia de que, cuando sea necesario, exista coordinación entre los distintos profesionales que acompañan al menor —pediatría, neuropediatría, psicología, logopedia o el propio centro educativo— y, por supuesto, con la familia. El objetivo no es tratar de que todos los niños con autismo sigan el mismo camino, sino encontrar los apoyos que mejor respondan a las necesidades de cada uno.

Cómo pueden afrontar las familias este proceso

 

Aunque cada familia y cada niño viven el diagnóstico de una manera diferente, hay algunas cuestiones que pueden hacer que el proceso resulte más llevadero. La experiencia que han compartido Cucurella y Claudia Rodríguez permite poner ejemplos concretos, pero no existe una única manera de afrontar el autismo ni unas pautas que funcionen exactamente igual para todos.

Buscar apoyo profesional especializado cuanto antes. Una vez que existen señales de alerta o llega un diagnóstico, contar con profesionales que conozcan el desarrollo infantil y el autismo permite entender mejor las necesidades del niño y decidir qué apoyos pueden ser útiles. La intervención temprana puede favorecer el desarrollo de determinadas habilidades, aunque debe plantearse de forma individualizada y sin convertirla en una carrera por conseguir resultados.

No afrontar el proceso en soledad. El diagnóstico puede generar muchas dudas y también emociones difíciles de gestionar. Hablarlo con la pareja, con otros familiares o con personas que hayan pasado por experiencias parecidas puede ayudar a compartir responsabilidades y a evitar que todo el peso recaiga sobre una sola persona. Cucurella y su pareja han contado públicamente cómo han vivido este proceso juntos, mostrando también una parte de la experiencia familiar que suele quedar fuera cuando solo se habla del diagnóstico.

Adaptar el entorno a las necesidades del niño, y no exigirle que encaje a toda costa. El colegio, las rutinas familiares, los espacios que frecuenta o determinadas situaciones sociales pueden tener un impacto importante en su bienestar. La propia familia de Cucurella ha explicado que llegó a cambiar a Mateo de centro escolar hasta encontrar un entorno en el que se encontrara mejor. No se trata de eliminar cualquier dificultad, sino de identificar qué cambios pueden facilitar que el niño se desenvuelva con mayor seguridad y autonomía.

Aprender sobre la marcha. Es normal que al principio los padres no sepan cómo interpretar determinadas conductas o cómo reaccionar ante situaciones que nunca habían vivido. Con el tiempo, muchas familias aprenden a reconocer qué estímulos resultan especialmente difíciles para su hijo, qué rutinas le ayudan o qué formas de comunicación funcionan mejor. Como ha reconocido el propio Cucurella, nadie recibe un manual para convertirse en padre de un niño con autismo; buena parte de ese aprendizaje se construye en el día a día.

Informarse, pero hacerlo en fuentes fiables. Después de un diagnóstico es fácil encontrarse con una cantidad enorme de información, consejos y supuestos tratamientos en internet. No todo lo que aparece tiene respaldo científico y algunas recomendaciones pueden generar expectativas poco realistas o incluso resultar perjudiciales. Por eso conviene contrastar la información con profesionales sanitarios y recurrir a organismos y fuentes especializadas antes de tomar decisiones sobre la atención del niño.

Hablar de autismo también ayuda a entenderlo

 

El caso de Marc Cucurella ha servido para poner el autismo infantil delante de un público que quizá nunca había tenido una conversación cercana sobre esta realidad. Y ahí está buena parte de la utilidad de que las personas conocidas compartan este tipo de experiencias: no porque su historia sea representativa de todas las familias, sino porque permite hablar de situaciones que de otro modo pueden seguir siendo desconocidas para muchas personas.

Contar las dificultades, las dudas y también las pequeñas soluciones que cada familia va encontrando contribuye a quitarle al autismo parte del desconocimiento que todavía lo rodea. Para una familia que acaba de recibir un diagnóstico, encontrar información fiable y comprobar que otras personas han pasado por momentos de incertidumbre puede resultar importante.

Al final, normalizar no significa restarle importancia al autismo ni presentar todas las experiencias como iguales. Significa poder hablar de él sin miedo, sin prejuicios y sin reducir a un niño a su diagnóstico. Y, sobre todo, entender que detrás de cada caso hay una persona concreta, con sus propias capacidades, dificultades y necesidades de apoyo.

 

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