¡Proximamente lanzamos nuestro newsletter!

Días
Horas
Minutos
Segundos

Cómo hacer una reforma rápida cuando tienes hijos

reforma

La reforma de mi nueva casa es completamente necesaria. No la puedo evitar. Hemos comprado una buena opción, pero sin nada, sin muebles, sin electrodomésticos… Estoy ahora mismo metida en casa de mis padres, con mis dos hijos. Esto es un verdadero infierno…

Mi marido, que no se lleva bien con mi madre, no sabe dónde meterse y se lleva todo el día fuera. Mi padre, que necesita dormir y descansar por su enfermedad crónica, no puede por culpa de los niños. Estoy muy agobiada y maldigo el momento en que nos decidimos por esa casa.

Era normal también, no me puedo culpar. Con mi traslado por el trabajo, no podíamos hacer otra cosa. Todo se me ha venido encima y parece que toda la responsabilidad está sobre mí. Pero me he propuesto hacerlo rápido, lo más rápido posible. Y os voy a contar todo el proceso, porque sé que va a salir bien y quiero dejar constancia de mi hazaña.

 

El traslado de trabajo y la casa de mis padres

Todo empezó mucho antes de estar rodeada de cajas, niños gritando y discusiones constantes. Empezó con una llamada. Un traslado que, en teoría, era una oportunidad. Mejor puesto, mejor sueldo, otra ciudad… Pensé que nos iba a venir bien a todos.

Pero, la verdad, es que no pensé en todo lo que eso iba a conllevar… Y, por supuesto, pensaba que los demás colaborarían y me ayudarían, pero todo fue muy distinto.

La casa que compramos fue, siendo sinceros, lo único que podíamos permitirnos en ese momento. Bien situada, con buena luz y ventilación… pero completamente vacía. Ni cocina, ni armarios, ni nada. La cogimos porque mucha gente nos pedía porque las otras estaban demasiado lejos de mi trabajo, casi a una hora y media… No podía arriesgarme todo el tiempo a llegar tarde, o llegar a las tantas de la tarde a mi casa. También, aunque tenga que montarla entera por dentro, salía todo más económico a la larga que las otras opciones… En fin, que no tuve más remedio.

Recuerdo la primera vez que entré. Me hizo ilusión, no te voy a mentir. Pero esa ilusión duró lo que tardé en darme cuenta de todo lo que faltaba. Y mientras tanto, me tocó volver a casa de mis padres. Con dos niños. Con mi marido incómodo. Con mi padre enfermo.

Los primeros días intenté tomármelo con humor. Pero cuando empiezas a ver que pasan las semanas y todo sigue igual… te acabas resintiendo… Parecía que nadie ponía de su parte.

Mis hijos no entienden de silencios ni de enfermedades. Corren, gritan, juegan. Mi padre necesita descansar. Mi madre está nerviosa. Y mi marido… mi marido desaparece. Y, lo peor, es que todos me miraban como si todo fuera culpa mía. No lo decían con palabras, pero sí con su actitud.

Ya no podía más, así que pensé que no podía tomármelo con calma. Que, si quería salir de ahí, tenía que ponerme al mando. Aunque no supiera ni por dónde empezar.

 

Los problemas con las tuberías

Cuando por fin entraron los albañiles en casa, yo iba con la idea inocente de arreglar lo más básico y poner los muebles, para salir de donde estaba lo antes posibles… Pero no fue para nada así.

Uno de ellos me llamó el segundo día. Y nada más contestar, me dijo que tenían un problema.

Las tuberías…

Resulta que eran antiguas, estaban mal distribuidas y, en algunos tramos, directamente no cumplían lo mínimo para poder instalar una cocina o un baño en condiciones. Ahora había que levantar parte del suelo, revisar las instalaciones, rehacer conexiones…

Pero no podía echarme atrás. Así que pregunté, comparé presupuestos, pedí explicaciones hasta entenderlo todo. Y tomamos la decisión. Fue un caos durante unos días. Polvo, ruido, llamadas constantes… pero también fue el momento en el que empecé a sentir que me estaba encargando de solucionar el problema.

Tardaron casi tres semanas en acabar, pero valió la pena la espera.

 

Montando una cocina nueva en cero coma

Yo pensaba que montar una cocina iba a ser un proceso eterno. Comparar que diseño le viene mejor, tomar medidas, esperas de semanas… hasta que buscando por internet encontré la página de MC Modular Cocinas, y descubrí que existían las cocinas modulares.

Estas son cocinas ya diseñadas por completo. No tienes que esperar meses a que fabriquen cada pieza desde cero. Se montan rápido, se ajustan bien y cumplen perfectamente su función. Eliges una con las medidas que tengan y la pides… Y allí la tienes.

Para alguien en mi situación, era justo lo que necesitaba. En pocos días tenía la cocina elegida y, en muy poco tiempo, montada. Esto me dio un alivio interno increíble…

La primera vez que cociné allí sentí mucha paz. Después de semanas dependiendo de mi madre, de horarios que no eran míos… tener ese pequeño espacio propio fue como recuperar un poco mi espacio.

 

Lo más rápido para el baño

El baño fue otra batalla. Y no pequeña precisamente, porque en ese momento ya no me quedaban ni fuerzas ni paciencia para más calentamientos de cabeza.

Cuando vinieron a verlo, me sentaron literalmente y me dijeron: “Tienes dos caminos”. Y ahí supe que uno me iba a doler más que el otro.

El primero era reformarlo completamente. Hacerlo bien desde cero. El problema es que eso no iban a ser unos pocos días. Iban a ser semanas.

El segundo camino era más rápido, algo que no conocía antes. Me hablaron de sistemas prefabricados. De platos de ducha que ya vienen listos para instalar, de paneles que sustituyen a los azulejos —y que además evitan tener que picar media casa—, de muebles que se montan y encajan a la perfección… Vamos como la cocina modular.

Pero… ¿Y si quedaba en plan chapuza? No estaba muy segura de aquella opción, porque no quería verme haciendo reformas de nuevo en pocos años, la verdad.

Pero luego pensé en todo lo que tenía encima ahora mismo… A mi padre sin poder dormir. A mis hijos sin espacio. A mi vida completamente parada.

Y me dije: “Mira, si dentro de unos años tengo que reformar el baño, al menos estaré en mi casa… Así que, que sea lo que Dios quiera.”

Por tanto, elegí la opción rápida. Pero, por supuesto, me aseguré de que todo fuera de buena calidad y estuviera bien instalado.

Así fue como, en pocos días, el baño estaba montado. Sin apenas obras, sin polvo durante semanas y, sobre todo, sabiendo que ya quedaba poco para salir de donde estaba.

Y cuando entré por primera vez… fue como quitarme un peso de encima. Un baño limpio, moderno, práctico. Sin tonterías, pero con todo lo que hacía falta.

Muchas veces nos complicamos la vida demasiado, para hacerlo todo perfecto, para prever lo que pasará en el futuro… Y para ahorrarnos complicaciones futuras, nos las comemos igualmente en el presente, ¿no te parece?

 

El problema de los dormitorios

Sobre los planos, los dormitorios parecían tener bastante espacio para lo que necesitábamos, hasta que nos dimos con la realidad en la cara.

Dos niños no son solo dos camas. Son los armarios para la ropa, los juguetes de cada uno, las mochilas con los libros, los cuentos, las cosas del colegio… y, ¿dónde juegan?

El primer día que intenté organizar su habitación, acabé sentada en el suelo, rodeada de cajas, sin saber por dónde empezar. Todo parecía demasiado para el espacio que tenía.

Y luego estaba nuestro dormitorio. Que en teoría era el fácil. Pero no. No había armarios empotrados, y tenía una forma rara que no permitía colocar bien los muebles… era incómodo desde el principio.

Ahí tuve un par de días de bloqueo total. Hasta sentí que tal vez había elegido la casa mal desde el principio y, eso a esas alturas, me hundió bastante…

Hasta que cambié el chip, y dejé de intentar que todo fuera como yo lo había imaginado… y empecé a pensar en cómo hacerlo funcionar de verdad.

Para los niños, pensé en aprovechar el espacio hacia arriba y no hacia los lados. Camas con cajones debajo, estanterías verticales, zonas diferenciadas, aunque fueran pequeñas. Ahora sí que había espacio para todo.

En nuestro dormitorio, la decisión fue más radical: simplificar. Aposté por lo básico, pero bien organizado. Un buen armario modular, funcional, sin complicaciones. Menos cosas, pero mejor pensadas.

Y curiosamente, eso hizo que el espacio se sintiera más grande.

Me di un paseo por la casa… y, no se parecía en nada a lo que yo había pensado que tendría algún día. Pero era mía, la estaba eligiendo yo sola… Me sentía bien y orgullosa porque estaba logrando algo muy grande.

 

Rápido y bien, como nos pedían en el colegio

Si miro atrás, de verdad que no sé muy bien en qué momento pasé de sentirme completamente desbordada a estar tomando decisiones como si llevara toda la vida haciendo reformas. No hubo un punto exacto. Fue más bien una acumulación de días malos, de cansancio, de no tener otra opción… y seguir.

He ido tomando decisiones rápidas, muchas veces con miedo. He dicho “sí” sin estar del todo segura, he tenido que confiar en gente que no conocía, he aprendido palabras y conceptos que hace un mes ni me sonaban… y todo eso mientras seguía haciendo de madre, trabajando, siendo hija… y, en teoría, siendo pareja.

Porque esa es otra. Todo esto no ha sido solo la reforma de una casa. Ha sido una prueba en todos los sentidos. Y aquí es donde viene la parte que más me ha dolido, la que menos me esperaba y la que más me ha hecho pensar.

Me he sentido sola. Mucho.

Sola en las decisiones, sola en las llamadas, sola en los momentos de duda. Sola cuando todo se torcía y tenía que reaccionar ya. Sola y sin apoyo, cuando no podía más, pero tenía que seguir…

Mi marido no estaba de acuerdo con la mudanza desde el principio. Y eso, aunque no lo diga, se ha notado en todo. En su forma de estar, en su ausencia, en cómo se ha ido desentendiendo de todo. Como si todo esto fuera una decisión mía… y, por tanto, también mi problema.

Me he sentido acusada por mi marido y por mis padres, en un momento en que necesitaba ayuda. Como si hubiera hecho algo malo para todos y estuviera sufriendo las consecuencias o me estuvieran castigando.

Al principio los justificaba. Pensaba: “bueno, es normal, están incómodos, necesitan tiempo”. Pero luego empecé a enfadarme. Porque una cosa es no estar de acuerdo y otra desaparecer o tener malas actitudes.

Creo que eso es lo más triste. El momento en el que dejas de contar con alguien. No porque quieras, sino porque te das cuenta de que no puedes contar con él.

Así que seguí adelante sin su apoyo.

Porque alguien tenía que hacerlo. Porque mis hijos necesitaban salir de casa de mis padres. Porque yo necesitaba recuperar un poco de control sobre mi vida. Porque si me quedaba parada, todo iba a seguir igual o peor.

Y, gracias a todo eso… me he descubierto a mí misma de una forma que no me esperaba. He sacado una fuerza que no sabía que tenía.

Y entonces entendí algo que me dijeron mil veces de pequeña y que nunca había aplicado de verdad: “rápido y bien”.

Antes pensaba que eso significaba hacerlo todo perfecto en poco tiempo. Ahora sé que no. Que significa hacer lo necesario, hacerlo lo mejor posible con lo que tienes… y seguir avanzando.

No perfecto. No ideal. Suficiente.

Suficiente para salir del problema.
Suficiente para volver a empezar.
Suficiente para no rendirte.

Y aunque no haya sido como yo imaginaba, aunque haya cosas que duelan y otras que no sé cómo acabarán… hay algo que sí tengo claro:

Esto lo he levantado yo.

Y eso, pase lo que pase después, no me lo quita nadie.

 

Bienvenida a mi nueva casa

El día que entramos por fin a vivir, fue otra decepción. Alivio y sonrisas por parte de mis padres… Algo que, aunque suene algo egoísta, me dolió. Silencio por parte de mi marido y los niños entraron gritando y jugando, como siempre… Como el que va a un parque.

Nadie me dijo: “Qué bien lo has hecho”, nadie me pidió perdón… No hubo un acercamiento, un “estoy orgulloso de ti”.

Cuando todos se fueron a dormir la primera noche, me levanté de la cama, me senté en el sofá y respiré.

Y pensé: “Se acabó. Lo he conseguido… Y lo he hecho muy bien”.

Ahora estaba en mi casa, con mi trabajo y mis niños. Estaba orgullosa de mí, realmente no necesitaba que nadie me lo dijera. Yo sabía lo que había hecho y de lo que había sido capaz, y eso, para mí, ya es suficiente.

Comparte tu amor
Facebook
Twitter

Noticias relacionadas

Scroll al inicio