Muchos de nosotros acostumbramos a comprar vino para acompañar las comidas del fin de semana o para degustarlo con los amigos en largas y relajadas tardes de domingo. Para estos menesteres, un vino que no puede faltar en casa es un Ribera del Duero, nos garantiza éxito asegurado.
Después de una ajetreada semana de trabajo, el fin de semana es nuestro momento. Un periodo de relajación, esparcimiento y hedonismo. De darnos ese pequeño capricho que tanto nos merecemos. Y qué mejor capricho que beber una buena copa de vino en mejor compañía.
Los aficionados al vino, como diría mi madre, somos unos “catacaldos”. Unas mentes curiosas que nos movemos inquietas en busca de nuevos sabores, nuevos olores, nuevas experiencias.
El mundo del vino nos proporciona eso. Un universo inabarcable por descubrir. No solo sacia nuestra sed física, sino que sobre todo, alimenta nuestra curiosidad. Hay tantos vinos fantásticos por descubrir ahí fuera. Combinaciones sublimes que nos dejarán rendidos a sus encantos. Tablas de embutido acompañadas de una olorosa copa de vino tinto. Calderetas de pescado marinadas con un vino blanco suave y refrescante. La sublimación de los sentidos.
Este enfoque inclinado hacia la experimentación no está exento de riesgos. En ese camino en busca de territorios inexplorados siempre te llevas más de una sorpresa desafortunada. En lo que se refiere a los experimentos, es mejor emprenderlos en soledad. Una elección inapropiada puede arruinar la magia del encuentro.
Por eso, porque hay oportunidades en las que no vale la pena jugársela, siempre es conveniente tener en casa un vino de calidad que esté a la altura. Por mi modesta experiencia puedo asegurar que los vinos Ribera del Duero son una apuesta segura. He probado varios a lo largo de mi vida y no puedo decir que ninguno de ellos me haya defraudado.
Una D.O. joven con mucha historia.
Si le preguntamos a cualquier persona que nos mencione dos vinos españoles, sin pensar, probablemente dirá La Rioja y Ribera del Duero.
Los vinos Ribera del Duero están alojados en nuestro subconsciente colectivo. Parece como si estuvieran ahí de toda la vida. Pero no es así. Como nos recuerda la web oficial del Consejo Regulador D.O. Ribera del Duero, esta denominación de origen, tal y como la conocemos hoy, empezó su andadura el 23 de julio de 1980. Hasta 1982 no recibió el reconocimiento oficial por parte del Ministerio de Agricultura.
Se sabía que en el norte de Castilla se producían vinos de calidad, pero no contaban con un sello que los aglutinara, ni con un nombre que identificara el gran público. Ribera del Duero es fruto de una magnífica operación de marketing levantada sobre un producto de excepción.
Esto no significa que no se hiciera vino en la ribera del río Duero antes. Todo lo contrario. En la vendimia de 1972 fue descubierto en Baños de Valdearados, provincia de Burgos, un mosaico romano de 66 metros cuadrados, en alusión al dios Baco, que pone de manifiesto que ya se producía vino en la región en la época de los romanos.
Años más tarde, en los campos de Peñafiel (Valladolid), se descubrió una bodega con restos de vino dentro de vasijas, datado de hace 2.500 años.
Algo que sin duda contribuyó a la expansión del cultivo de la vid y a la producción de vino en la zona fue la popularidad que alcanzó el Camino de Santiago durante la edad media. En concreto, el camino francés. El que cruzaba los Pirineos por Roncesvalles. El más transitado de todos. El que el emperador Carlos V llegó a definir como la “Calle Mayor de Europa”.
Las iglesias que se levantaban a los lados del camino necesitaban vino para oficiar la eucaristía, y los peregrinos demandaban bebida con la que hacer más liviano su caminar.
Burgos, epicentro de la región, se convirtió en una de las ciudades importantes que florecieron a la luz del Camino de Santiago.
La zona geográfica.
La D.O. Ribera del Duero es una franja de 35 kilómetros de anchura por 115 kilómetros de longitud. Comprende municipios de Burgos, Valladolid, Soria y Segovia.
Es una zona geográfica mayoritariamente plana, de suelos calizos con sedimentos arenosos, bañada por el río Duero y por algunos de sus afluentes como el Esgueva, el Arandilla y el Bañuelo, caracterizada por una pluviosidad moderada, por inviernos fríos y por veranos soleados y calurosos.
Los viñedos están plantados a una altitud de entre 700 y 1.000 metros sobre el nivel del mar. El tipo de uva más plantada en la zona es la uva tempranillo, llamada en algunos municipios “Tinta del País”.
Todas estas condiciones, unidas a una tradición vinícola de milenios, en los que se ha ido perfeccionando los procesos de producción, han dado lugar a uno de los vinos más apreciados del mundo. Un referente en cuanto a los vinos tintos de calidad.
En la Ribera del Duero hay 7.419 viticultores registrados y 319 bodegas. Quitando la capital administrativa de la zona, Aranda del Duero, que tiene una población de 33.675 habitantes, se trata de una zona eminentemente agraria, con una densidad de 102 habitantes por kilómetro cuadrado. Peñafiel, en Valladolid, otro de los municipios de referencia, apenas supera los 5.000 habitantes.
A pesar de ello, la producción de vino está presente en los 59 municipios de la Denominación de Origen. Una producción de corte familiar y de pequeñas bodegas, que en mi opinión, influye en el mimo que se le da al producto.
Características del vino Ribera del Duero.
Para disfrutar de un buen vino de Ribera del Duero, lo mejor es comprarlo directamente a las bodegas productoras. Yo en más de una ocasión he comprado vino a Bodegas Federico, una bodega familiar ubicada en Pesquera del Duero, Valladolid, que lleva produciendo su propio vino desde 1986. Un vino con cuerpo, lleno de matices, como la gran mayoría de los vinos de esta región.
Estas son las características que hacen que el vino de Ribera del Duero sea tan apreciado:
- Color intenso y profundo. Los vinos tintos jóvenes son de un color rojo púrpura brillante, mientras que los vinos crianza y reserva muestran tonos rubí y teja a medida que envejecen.
- Aromas complejos. En estos vinos percibimos notas a frutas rojas y negras maduras (cereza, mora, ciruela), combinadas con toques especiados, torrefactos, vainilla, cacao o cuero, generados en su paso por barrica.
- Estructura y cuerpo. Son vinos potentes, con taninos bien estructurados y redondeados, lo que les da persistencia en boca y un excelente potencial para la crianza y el envejecimiento.
- Equilibrio entre fruta y madera. Los procesos de crianza en barrica (normalmente de roble francés o americano) están cuidados, de manera que se logra un balance armónico sin perder, en ningún momento, la identidad frutal del vino.
- Prestigio internacional. Algunos vinos Ribera del Duero han sido galardonados a nivel internacional por etnólogos, sumilleres y guías de prestigio como el Vega Sicilia o el Pingus. Lo que ha convertido este vino en un emblema de calidad a nivel mundial. Sin embargo, estas marcas reconocidas no son una isla aislada en mitad del campo castellano, sino un ejemplo del buen hacer que se aprecia en todos los vinos de la región.
El maridaje.
El blog Espacio Sabor señala que los vinos jóvenes Ribera del Duero marinan bien con carnes a la parrilla, mientras que los crianzas y reservas son idóneos para acompañar una ración de jamón de bellota o una tabla de embutidos ibéricos.
Las posibilidades que nos ofrecen estos vinos son mayores. Uno de los maridajes estrella es acompañar un tinto Ribera del Duero crianza o reserva con un asado de cordero. Uno de los platos típicos de Castilla.
Estos vinos se compaginan a la perfección con carne de caza. Tanto de caza menor, como pueden ser unas perdices escabechadas o un conejo al ajillo, como con caza mayor: guisos de ciervo o jabalí.
Los tintos jóvenes son un buen acompañamiento para otro de los platos típicos de la región: la sopa castellana. Una sopa de ajo con jamón que es mano de santo para sobrellevar con éxito los fríos inviernos castellanos.
Tanto los vinos del año, como los que tienen mayor recorrido, quedan perfectos como acompañamiento de cualquier estofado o guisado de carne.
Los vinos cosecheros son una buena elección para acompañar aperitivos suaves como canapés, una ración de lacón o una tabla de queso semi-curado.
Por su cuerpo y aroma, los vinos crianza pegan bien con un solomillo o un entrecot de ternera en su punto.
Los vinos reserva y gran reserva nos pueden llegar a sorprender si los tomamos con un arroz con bogavante o una crema de marisco.
Son varios los chefs que recomiendan acompañar un plato de pasta típico italiano con una botella de Ribera del Duero. Unos tortellinis al pesto, unos espaguetis a la siciliana o unos tallarines a la puttanesca.
Si eres un apasionado del vino, yo te animaría a que siguieras descubriendo nuevos vinos, pero ten siempre en tu casa una o varias botellas de Ribera del Duero para moverte sobre seguro.

