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Perder un diente ya no es lo que era. Un repaso por la accidentada (y curiosa) historia de la implantología

Durante siglos, perder un diente ha sido una parte cotidiana de la vida de las personas. Evidentemente, nadie esperaba como algo deseado que se le cayese una muela, pero tampoco era ninguna tragedia, si no, más bien, un hecho asumido, casi como perder el pelo o que te fallaran las rodillas al llegar a cierta edad. La gente lo aceptaba porque no le quedaba otro remedio, pero eso no significaba que no se intentase remediar. De hecho, desde que existe registro histórico, los seres humanos han buscado formas ––algunas muy curiosas–– de devolver a la boca lo que el tiempo, las infecciones o los accidentes se llevaban por delante.

En este texto queremos contarte brevemente la historia de esa búsqueda. Una historia larga, a menudo dolorosa y, si se mira desde la distancia adecuada, sorprendentemente fascinante.

Cuando los reyes también perdían los dientes

Hay una imagen muy idealizada de la nobleza europea: pelucas empolvadas, banquetes opulentos, bodas reales, Versalles iluminado por miles de velas, la corona española conquistando el globo terráqueo, etc. En fin… todo muy épico y elegante pero lo que los cuadros que han retratado cada uno de esos momentos no mostraban, eran las bocas de sus protagonistas.

Esto no es una casualidad. Lo cierto es que realidad dental de la aristocracia europea era, en muchos casos, bastante deplorable. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Luis XIV de Francia, el Rey Sol, el hombre que durante décadas marcó el gusto y la moda de toda Europa. Este personaje perdió casi todos sus dientes antes de cumplir los cuarenta y cinco años. Sus médicos, en un intento por tratar una infección, le extrajeron varias piezas con tal entusiasmo y tan poca delicadeza que le fracturaron parte del paladar. Como resultado se pasó el resto de su vida comiendo con dificultad y, según testimonios de la época, los alimentos le subían parcialmente por la nariz al masticar, debido a la comunicación que quedó entre la boca y el seno maxilar.

También conocemos de sobra el caso de María Antonieta, símbolo por excelencia del lujo y la elegancia del siglo XVIII. Ella tampoco se libró. Su correspondencia privada recoge quejas frecuentes sobre dolores de muelas. Tampoco es de extrañar: el azúcar, que había llegado a Europa como producto de lujo accesible precisamente para las élites, estaba haciendo estragos en las bocas de quienes más podían permitírselo. Una ironía cruel que se repite a lo largo de toda la historia de la odontología.

En Inglaterra la situación no era mejor, y tiene su propio giro irónico. La caries era tan extendida en la corte isabelina que los dientes negros llegaron a considerarse un signo de estatus, una prueba visible de que uno podía permitirse el azúcar. La reina Isabel I, según los embajadores extranjeros que la visitaban y dejaron constancia por escrito, tenía los dientes oscurecidos y en mal estado, algo que intentaba disimular colocándose trapos blancos en la boca cuando hablaba en público. El pueblo llano estaba igual o peor, claro. Solo que nadie lo documentaba con la misma minuciosidad.

El oficio más temido: el sacamuelas

Ya desde la Edad Media y el Renacimiento, el tratamiento dental era territorio de barberos, herreros y mercaderes ambulantes. El concepto de dentista como profesional especializado no existía. Quien tenía un dolor de muelas podía acudir al barbero local, que además de cortar el pelo hacía sangrías y extracciones. Sin anestesia. Sin esterilización. Con las herramientas que tuviera a mano y los conocimientos que hubiera acumulado a base de prueba, error y… pacientes que no siempre sobrevivían para contarlo.

Las extracciones se hacían con instrumentos llamados pelicanos, palancas metálicas que se apoyaban en el diente adyacente para hacer fuerza, con el riesgo evidente de arrancar dos por el precio de uno. O con fórceps de aspecto que hoy colgaríamos en una sala de terror. El paciente era sujetado por varios ayudantes. Los desmayos eran frecuentes. Las infecciones posteriores, todavía más. Y la mortalidad derivada de una muela infectada que progresaba hacia el hueso o la sangre no era en absoluto despreciable.

Lo que sí había era el deseo de que existiera una buena salud dental.

Los primeros intentos de implantología: dientes de muertos, de animales y de piedras preciosas o conchas de mar

La búsqueda de una solución permanente a la pérdida dental no es nueva, ni mucho menos. En el antiguo Egipto ya se han encontrado evidencias arqueológicas de intentos de reimplantar dientes perdidos, e incluso de sustituirlos con piezas de origen animal atadas con hilo de oro a los dientes vecinos. Rudimentario, sí. Pero la intención era exactamente la misma que la de un implante moderno: devolver al hueso algo que se había perdido y que volviera a funcionar.

Los mayas, de forma completamente independiente y siglos antes de cualquier contacto con Europa, desarrollaron técnicas de implantología primitiva utilizando fragmentos de concha de nácar tallados en forma de diente e insertados directamente en el hueso mandibular. Según documentó National Geographic, algunos de esos implantes encontrados en restos arqueológicos de hace más de 1.300 años muestran signos claros de oseointegración: el hueso creció alrededor del material implantado, abrazándolo. Un hallazgo que no deja de resultar asombroso si se piensa que lo lograron sin microscopios, sin titanio, sin rayos X y sin ninguno de los conocimientos sobre biología ósea que tenemos hoy.

En el siglo XVIII, con el auge de la cirugía y el creciente interés científico por la medicina dental, se popularizaron los llamados trasplantes de dientes: extraer una pieza sana de la boca de otra persona, generalmente alguien joven y pobre que vendía sus dientes a cambio de dinero, e implantarla directamente en la encía del comprador. El procedimiento era, como puede imaginarse, un desastre higiénico de proporciones considerables. Las infecciones muy habituales y la transmisión de enfermedades, entre ellas la sífilis, estaba bien documentada. John Hunter, el influyente cirujano escocés del siglo XVIII que fue uno de los grandes impulsores de esta práctica, se cree que él mismo se infectó durante sus investigaciones al inocularse material de un paciente con fines experimentales. La ciencia avanzaba, pero a un precio bastante alto.

Las prótesis removibles fueron durante mucho tiempo el mejor recurso disponible, y tampoco eran una maravilla. George Washington, primer presidente de los Estados Unidos, es célebre entre otras cosas por sus problemas dentales: perdió casi todos sus dientes y llevó prótesis durante gran parte de su vida adulta. Contrariamente al mito popular, no eran de madera: estaban fabricadas con dientes humanos, de animales como el hipopótamo y el elefante, y metal, todo montado sobre una base de marfil. Incómodas, dolorosas e ineficaces. Washington evitaba hablar en público más de lo estrictamente necesario precisamente por esa razón, lo cual tiene su ironía propia tratándose del padre fundador de una nación que se construyó, entre otras cosas, sobre el poder de la palabra.

El siglo XX: cuando la odontología se convirtió en ciencia

El salto cualitativo llegó en el siglo XX, con la profesionalización de la odontología, el desarrollo de la anestesia moderna, los antibióticos y, sobre todo, los materiales. La amalgama, la porcelana, las primeras fresas dentales eléctricas, la radiografía aplicada a la cavidad oral: todo ello transformó la consulta dental en un entorno clínico real, alejado para siempre del escenario de feria del sacamuelas medieval.

Pero el avance más importante llegó casi por accidente, en los años cincuenta, en un laboratorio de Suecia. El médico ortopédico Per-Ingvar Brånemark estaba investigando la circulación sanguínea en el tejido óseo utilizando pequeñas cámaras de titanio implantadas en conejos. Cuando quiso retirar las cámaras al final del experimento, descubrió que era imposible: el titanio se había fusionado con el hueso de forma tan perfecta, tan íntima, que no había manera de separarlo sin destruir el tejido. Brånemark llamó a este fenómeno oseointegración, y tardó años en convencer a la comunidad científica de que ese hallazgo podía tener una aplicación directa en odontología. La resistencia fue considerable: la idea de que un material metálico podía convivir de forma permanente con el hueso humano sin ser rechazado sonaba, en aquella época, bastante improbable.

En 1965 colocó el primer implante dental de titanio en un paciente humano. Ese paciente, Gösta Larsson, llevó sus implantes durante cuarenta años, hasta su muerte. No está mal para lo que empezó siendo un accidente de laboratorio. Ese descubrimiento, casi fortuito, cambió para siempre la forma de entender la pérdida dental. Y puso en marcha décadas de investigación que desembocaron en los implantes que conocemos hoy.

Lo que durante siglos fue fuente de dolor crónico, vergüenza social y resignación tiene hoy solución. Una solución predecible, segura y, en muchos casos, definitiva. Un implante moderno es un tornillo de titanio de pocos milímetros que se introduce en el hueso maxilar y sobre el que, una vez oseointegrado, se coloca una corona que imita en aspecto y función a un diente natural. El resultado es una pieza que no se mueve, no requiere adhesivos, no hay que quitarla por la noche y que, con el cuidado adecuado, puede durar toda la vida.

La edad, que durante tanto tiempo se consideró un obstáculo casi insalvable, ha dejado de serlo en la mayoría de los casos. Personas de 65, 70 o más años son candidatas perfectamente viables para recibir implantes, siempre que exista suficiente densidad ósea y unas condiciones de salud general aceptables. En las clínicas actuales es habitual atender a pacientes de mediana y avanzada edad que llegan tras años conviviendo con prótesis removibles o con ausencias dentales no resueltas, y que descubren que la solución estaba mucho más al alcance de lo que imaginaban.

No es exagerado decir que estamos ante la primera generación de la historia en la que envejecer no significa necesariamente perder la función masticatoria, la estética o la confianza que da una sonrisa completa. Algo que los antiguos reyes europeos, con todo su poder y toda su corte de médicos, no pudieron comprar.

Eso sí: a pesar de los avances, conseguir que un implante dure décadas depende tanto del procedimiento como de lo que ocurre después. Los expertos de Dentalfit advierten, por ejemplo, que el tabaquismo, el bruxismo o una higiene deficiente figuran entre los principales factores que comprometen la osteointegración, y que seguirlos de cerca marca la diferencia entre un resultado excelente y uno problemático.

Lo que la historia nos enseña sobre el presente

Hay algo profundamente irónico en todo esto. Durante siglos, las personas con más recursos del mundo —reyes, aristócratas, presidentes— fueron incapaces de resolver un problema que hoy está al alcance de casi todo el mundo que se decida a entrar en una consulta dental moderna. Luis XIV con su paladar fracturado y su comida subiéndole por la nariz. Washington con sus prótesis de marfil y hueso de hipopótamo. Los nobles europeos escondiéndose la boca al reír en los salones más lujosos del mundo… Todos ellos habrían dado fortunas enteras por lo que hoy es un procedimiento ambulatorio que se realiza en pocas horas, con anestesia local y sin necesidad de ingreso hospitalario.

Y sin embargo, el problema sigue siendo enorme a escala global. Según la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades bucodentales afectan a casi la mitad de la población mundial, con alrededor de 3.500 millones de personas afectadas, y la gran mayoría de ellas viven en países con acceso limitado o inexistente a atención dental de calidad. Lo que en muchos lugares sigue siendo un lujo inalcanzable, en otros es ya un procedimiento rutinario cubierto parcialmente por seguros médicos y accesible a través de financiación. Una brecha enorme que la tecnología ha reducido en los países con sistemas sanitarios más avanzados, pero que a escala global sigue siendo una asignatura pendiente.

El camino ha sido largo y, en muchos tramos, bastante oscuro. Del sacamuelas de feria al cirujano especializado. Del diente de cadáver comprado en el mercado al implante de titanio oseointegrado. Del dolor resignado como destino inevitable a la solución predecible respaldada por décadas de evidencia científica. Del paladar fracturado de un rey, al tornillo de pocos milímetros que devuelve la función y la estética a quien lo necesita.

Y este camino ha llegado a un punto en el que recuperar una sonrisa completa ya no depende de la época en la que te tocó nacer, de la fortuna que hayas acumulado ni de años de resignación. Depende, en la mayoría de los casos, de algo mucho más sencillo: dar el primer paso y consultarlo.

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